Firman pidiendo que encarcelen a un hombre que asesinó a balazos a dos perritos callejeros
- Redacción

- 8 jul
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Matías Romero mató a Lautaro y Guachín. Un juez de Villa Mercedes aceptó la imputación en su contra por maltrato animal, pero le devolvió las tres amas de fuego que le secuestraron y la Justicia le permitió regresar a su casa. La denunciante contó que antes de los crímenes amenazó de muerte y torturó a los animales, que eran muy queridos en Justo Daract. Dijo que el hombre y su hija adolescente los golpearon hasta con un rebenque.

Para Matías Ernesto Romero, por lo visto, los perritos no valen nada. Pareciera ser que, para él, solo existen para molestar y, como todo problema, deben ser eliminados, como si nada fuesen. Nadie reclamará por ellos porque son animales y no valen más que algunas balas, según esa lógica. Por eso el 27 de abril no dudó en salir de su casa, empuñando una de sus tres armas de fuego para gatillar una y otra vez contra Lautaro y Guachín, los perritos callejeros que no hacían más que regalar cariño y eran queridos por todos en Justo Daract. Dos semanas más tarde, los asesinatos de los canes le valieron mucho más que solo plomo: una causa penal por maltrato animal. Pero no mucho más que eso. La Justicia lo imputó, le restituyeron las armas de fuego que le habían incautado y él pudo volver a su domicilio.
La imputación le valdrá posiblemente en el futuro un antecedente penal y los costes propios del proceso judicial, pero no mucho más. Los proteccionistas están conscientes de eso, porque lo ven suceder todo el tiempo con personas que maltratan o directamente asesinan animales. Por eso desde hace dos semanas reúnen firmas en Villa Mercedes, Justo Daract y quien desee sumarse desde otros rincones de la provincia para presentar en el Honorable Concejo Deliberante y ante los tribunales. Pedirán que Romero sea declarado persona no grata y, más importante aún, vaya preso.
La solicitud recae en el hecho de que la Ley 14.346 no es para nada severa con quien ataca o mata a un animal. Prevé condenas que oscilan desde los 15 días a un año de prisión, como máximo tiempo de encierro. Y esas son penas que solo están plasmadas en el Código Penal, pues luego en la práctica el encarcelamiento casi nunca es aplicado. Además del hecho de que cualquier sentencia inferior a tres años de prisión suele resultar tranquilamente excarcelable.

Un día, un mes o un año en el Servicio Penitenciario no importa, lo importante para Soledad y el resto de los proteccionistas que impulsan esta campaña es que personas como Romero entiendan que asesinaron, para colmo de males, a seres puros, inocentes y sin un gramo de maldad o malas intenciones, porque los animales no son como muchas personas. Anhelan que ese hombre y los que actúan como él comprendan que cometieron un delito y sean condenados de manera ejemplar con la prisión, para asentar así jurisprudencia para futuras causas.
La denunciante, proteccionista desde siempre y una de las tantas vecinas de Justo Daract que cobijó a Lautaro y Guachín, además de mover un mundo para reunir pruebas que llevaran a Romero a tribunales y que los crímenes de los perritos no quedaran en la nada, también investigó cual asistente jurídica. Así encontró un veredicto que dictaron en Catamarca y espera sea contemplado cuando el verdugo de sus amigos perrunos sea juzgado. “Allá lograron sumar lo que dice la ley de maltrato animal y otro artículo, que pena por dañar cosas, y le dictaron un mes de prisión efectiva a un hombre que le hizo daño a un cachorro. Aparte tuvo que pagar los costos del juicio, le quedó el antecedente y no puede salir de la provincia”, detalló sobre el datazo que halló y le facilitó a su abogada y a la fiscalía.
“Ya tenemos como 60 mil firmas y vamos a seguir reuniendo. La gente por sí sola nos pide las planillas y nos las entregan firmadas. Todos apoyan que se cumpla la ley contra el maltrato animal, que está, pero nadie entiende por qué no se aplica”, señaló Sol Martínez, la encargada del Refugio de Contención Animal de Villa Mercedes. Uno de los puntos en los que se juntan esas firmas es la plaza San Martín, los domingos, de 15 a 17.

El 10 de junio Romero asistió a tribunales, junto a su abogado Vicente Cuesta. Ya le habían informado que lo imputarían por matar a Lautaro y Guachín. Pero, a su turno, intentó justificar lo que hizo. El defensor argumentó que les disparó porque “eran agresivos, encaraban y los querían morder” y su cliente lo único que buscó con eso fue proteger sus bienes y a su familia que estaban en la casa.
Nada de lo que esgrimió el letrado tiene correlato con la realidad, remarcó la querellante. “Llegó a decir que esos perros, de mediano tamaño, le destrozaron una camioneta Amarok (al imputado) y les mataban animales”, recordó. Tampoco la historia de que los canes estaban dentro de la vivienda tiene sentido alguno, porque el domicilio del acusado es impenetrable para animales de esas características. El frente tiene un enrejado de extremo a extremo, con verjas altas y medianeras todavía más gigantes.
Soledad y otros testigos fueron claros sobre lo que pasó la noche en que la maldad se impuso sobre la bondad de dos seres, cuyo único delito fue "robarse" el corazón de todo Justo Daract. El imputado salió con una pistola y gatilló varias veces contra ellos cuando realizaban sus habituales rondas caninas por el centro de la localidad.
Luego Romero y su hijo subieron a los perritos a su camioneta y arrojaron los cuerpos en un campo, como si fueran basura. Esa secuencia quedó registrada en un video que captó una persona y ahora está en manos de la fiscalía. La denunciante y otros vecinos no pararon hasta lograr que la Policía se dirigiera hasta la zona rural donde estaban los cadáveres y los recogieran para que después un veterinario les practicara una autopsia.
La necropsia estableció que, sin dudas, fueron asesinados a tiros. El médico no pudo extraerle los proyectiles, pero determinó que uno tenía un impacto de bala en el pecho y en el lomo y el otro, en la cabeza. “Los fusiló”, resumió Soledad, en vista de que les disparó más de una vez a cada uno.
Cuando los policías allanaron la casa de Romero le secuestraron un fusil y dos pistolas. Las pruebas balísticas y los reactivos químicos revelaron que solo una de esas armas de puño había sido accionada recientemente. Eso quiere decir que mató a Lautaro y Guachín con una pistola. “Pero después, como tiene derecho a la tenencia, la Justicia le restituyó las armas. Si hubiera matado o herido a una persona, por más permiso de tenencia y portación que tuviera, no se las hubieran devuelto. Pero como eran solo dos perros…”, lamentó la denunciante, quien movió cielo y tierra para arribar a esa instancia de imputación.
Para Soledad, y también así lo remarcó la fiscal instructora, lo que hizo Romero es propio de alguien a quien le produce placer la perversidad, sensación que se torna aún más placentera cuando tiene como víctimas a dos criaturas angelicales y que encarnan el polo totalmente opuesto: la bondad lisa y llana.

Contó la mujer que los canes padecieron al acusado y parte de su familia, incluso, la semana previa a ser asesinados. Los callejeritos estaban en todos lados, pero muchas veces paraban en lo de un mecánico llamado Walter, que los cuidaba. Según reveló la proteccionista, el imputado habló con Walter, lo amenazó de muerte y le dijo que también iba a matar a los perros. Estaba embroncado porque le exigía al otro hombre que se hiciera cargo del arreglo de su camioneta.
Inició así una tortura sistemática contra los animales que luego atacó a balazos, hechos en los que involucró hasta a su hija de 13 o 14 años, indicó la querellante. En uno de esos ataques, arrinconaron a los perritos y la chica hundió con fuerza un rebenque en los cuerpos de esos indefensos, que tenían el miedo estampado en sus caras y no hallaban ni un mínimo espacio por donde escapar.
Lautaro y Guachín eran amorosos, describió Soledad. Eran "el dúo dinámico" de Justo Daract, nunca se separaban y sus andanzas las hacían juntos sino "no agarraban la calle". Eran queridos por todos, los chicos de las escuelas que visitaban y hasta los carniceros que se rendían ante su dulce presencia y les regalaban un bocadillo para el camino. Tan amados eran que todos en la localidad los conocían y cuidaban.
El único que no los quería era Romero. Soledad calcula que el odio desmedido del hombre contra ellos respondía al hecho de que los hacía responsables de que su hijo se hubiera accidentado con su moto. “Su hijo tiene la costumbre de andar en una moto de altas cilindradas, sin casco, a todo lo que da y haciendo Willy y él dice (el acusado) que se cayó y quedó con problemas para caminar porque uno de los perritos se le cruzó en la calle”, narró la mujer.



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